RAÚL ZURITA: LIHN HIZO POR MÍ LO QUE NO HIZO POR NINGÚN OTRO POETA JOVEN


foto de alejandro parra


MAURIZIO MEDO: Nos conocemos, y bien, hace una caterva de años –eso hace más difícil el plantearte esta entrevista. Sin embargo quisiera empezar con una pregunta que podría parecer muy simple, ¿qué cambió en lo que pudo escribir el Zurita de “El sermón de la montaña”  frente a lo que escribes hoy?

RAÚL ZURITA: Maurizio querido, me alegra retomar la conversación. “El sermón de la montaña” lo escribí en 1969, yo tenía 19 años, estudiaba ingeniería, aún Salvador Allende no era el Presidente de Chile. Venía escribiendo desde el colegio y me importaba, me importaba cada vez más. 

Me desesperaba no lograr un tono, eso que se llama “una voz propia”, hoy creo que no hay nada que sea menos propio que la famosa voz propia, pero entonces eso me tenía muy angustiado. “El sermón de la montaña” fue lo que me liberó de esa angustia, pero por razones equivocadas, la voz propia es siempre una voz comunitaria, histórica, y en ese primer poema, lo que hablaba era el presentimiento de la dictadura que vendría tres años después.


Con respecto a ese Zurita, tengo la sensación de que es un libro que toca una época y un mundo y que a propósito de un atardecer, una noche y un amanecer, congrega todas las voces de quienes han visto un amanecer y vieron que, el mismo, era más oscuro que la noche.

Son múltiples voces pero le faltó una y por eso es un libro que quedó para siempre inconcluso: le faltó la voz de este tal Zurita. Pero es el precio insalvable de todo poema, en él habla todo, incluso lo no humano; el viento, el mar, la lluvia, menos la voz del que escribe el poema. Si estuviera en Zurita la voz del que escribe, no sería un libro sino yo mismo.

Es una paradoja, la vida es igual al poema sin ese poema.

 MM: ¿Qué retos has debido enfrentar para poder sostener tu proyecto de escritura?

 RZ: Lo más difícil no ha sido empezar ni terminar algo, me refiero a libros como Anteparaíso, INRI, La Vida Nueva, sino el naufragio que te espera en el medio, cuando ya te alejaste demasiado de la playa como para poder devolverte y estás muy lejos de la otra orilla para alcanzarla.

 MM: Creo que uno de los momentos más difíciles  fue tu relación con Chile, en cuanto a la recepción y significación de tu obra, por muchos años silenciada por ciertos sectores críticos y, habría que decirlo, también en la falta de reconocimiento en el trabajo (el asalariado), entre otras cuestiones, ¿me equivoco?

RZ: Sí, fui marginado, silenciado, caricaturizado, tergiversado, ninguneado, y cientos de otros “ados”, lo usual cuando aparece en la bandada un pájaro con otro plumaje, no es más que eso y por favor no veas presunción en lo que digo, la bandada vuela con viento en contra, es pequeña y se concede a sí misma mucho más importancia de la que realmente tiene.

MMEse “chaqueteo” siempre quiso valerse, de Lihn, poeta que te abre la puertas de Editorial Universitaria, pero con quien, después, se generan una serie de desencuentros y tensiones –por diversas circunstancias. ¿Te has reconciliado con la imagen que guardas de Lihn?

RZ: Lihn hizo por mí lo que no hizo por ningún otro poeta joven, hizo que publicaran Purgatorio. Ese solo hecho desmiente las diferencias, ninguneos y tensiones que vinieron después. Mientras él decía que yo era bueno estuvo todo bien, el problema comenzó cuando lo empezaron a decir otros.  Una idiotez porque él era bastante mayor que yo.
Ahora me parece algo tan insignificante todo eso. Él me ayudó, después me odió, pero creo que yo también me hubiera odiado al verme, yo era muy jodido y él era un neurótico que esperaba que le rindiese pleitesía, pero yo no se la rendí, porque no lo admiraba. Además, el primer deber moral de todo poeta joven es morder la mano que te da de comer. No, ese es un chiste mío. No me hagas caso, me estoy haciendo el malo, es que me acordé de Bolaño. Es un buen poeta Enrique Lihn,  me costaba haberlo admirado.

 MM: Algunos  podrían adjudicarle a Lihn el título de haber sido tu descubridor. Yo no lo creo así. Más bien, estoy pensándolo ahora, creo que ese título, imaginario, podría corresponder a Don Nicanor. ¿Has hablado con él después de haber recibido el Neruda?

 RZ: No, no he hablado con Nicanor, es la persona más creativa e inteligente que yo he conocido en mi vida, va cumplir 102 años y baila mejor que todos nosotros. No lo voy a ver porque es demasiado joven para mí.

MM: Muchos te consideran como un “poeta visual”, ¿lo eres?

No soy un poeta visual Maurizio. Amo a Augusto de Campos, y admiro lo que hace, pero yo no soy un concretista.  No lo soy porque no son concretos, si lo fueran sus poemas estarían instalados sobre las cumbres de Los Andes, no sobre la página de un libro. Una vez se lo quise decir a Haroldo de Campos, pero era  alguien tan bondadoso y absolutamente amable y encantador que no se lo dije. Para qué.

 MM: Te lo preguntaba en el sentido de apostar por una escritura vinculante entre la palabra y la imagen, lo cual podría reunirte con dos compañeros de generación, Juan Luis Martínez y (especialmente en los últimos años) Diego Maquieira.

RZ: Los admiro a ambos, Juan Luis fue importantísimo para mí, pero ellos confinan con la página del libro. Ya ves que la palabra “admirar” es importante para mí; puedo amar algo que no admiro, pero no puedo sino admirar todo lo que amo.

MM: Últimamente estás viajando mucho por España, ¿crees que, si pensamos en la escritura,  ya aprendimos a a dialogar entre españoles y latinoamericanos?

La poesía española para mí se llama Antonio Gamoneda. Con él un buen poeta sudamericano se entiende perfectamente. Allí se encuentran las dos orillas del idioma. Ahora, si eres español y no te apellidas Gamoneda, y si eres sudamericano, pero no eres un buen poeta sudamericano, mejor no intentar cruzar entre esas dos orillas, naufragarás sin remedio. Pero, también hay que decirlo, en Latinoamérica ha emergido una gran poesía, posiblemente la última gran poesía del mundo, porque en muchas partes la poesía ya ha muerto, pero nadie la lee, nadie la mira. Es irremediable porque en la repartición de papeles de la tragedia terminal de nuestro del tiempo, a la poesía le toco el papel de Casandra, es decir, estar condenada a saberlo todo, a adivinarlo todo, sin que nadie le crea.



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