CARTAS DE AMOR A ANGÉLICA LIDDELL








«Lo sagrado es el gran desafío a la razón, en este desafío se encuentra según Blake, la Energía Originaria, la verdadera transgresión de la ley. La sacralización del amado es el asunto principal de la mística. Esa distancia entre la vida poética y la vida calculada de lo cotidiano es LO MÍSTICO. “Todo es santo”, dice Pasolini. La mística procede del exilio que el enamorado se impone, a puerta cerrada, y la consecuencia es una emancipación de todas las representaciones de la vida humana ordenada. Las fotos responden a esa emancipación, a esa libertad de un alma presa. Para Baudelaire el amor se confunde con la religión, y su culto requiere templos y altares, sacrificios y sangre. “España tiene en su religión la crueldad natural del amor” escribe el poeta en su diario intimo. El amor es el MAL deseado porque permite la aparición de las emociones (la toma de conciencia de la vida), que al mismo tiempo supone la destrucción del hombre. Y la armonía se restablece en la muerte, tal como ocurre en las fotografías.» Angélica Liddell en Via Lucis.





En Via Lucis, Angélica Liddell una de las más grandes dramaturgas españolas abre la intimidad de su poética más allá del proscenio. Para ello, acude a la fotografía que, en palabras de la autora, supone la relación “inmediata entre el deseo y el acto”, relación que viene dada por la poesía como elemento anterior a la propia imagen y a la propia palabra. Un camino catártico, se abre entonces en el Via Lucis, donde el camino de la ascesis, la búsqueda de la unidad partiendo del adagio Pasoliniano  “Todo es santo”. Amor y religión, deseo y absoluto se conjugan en la composición del cuerpo de Angélica en diálogo con autoras como Anne Sexton o Emily Dickinson. Sobre esta última ha profundizado la creadora escénica en la instalación Emily abriendo el propio gesto del cuerpo a formalizaciones ajenas a la escena.

El proyecto expositivo de Angélica Liddell, Via Lucis, Autorretratos con poemas propone un camino hacia la luz donde el amado y la divinidad suponen el mismo fin. Ante ellos, el cuerpo se despliega, se pliega, se expone en su vulnerabilidad ante el infinito que es el otro. “Una emancipación de la representación de la vida cotidiana a favor de la vida mágica”, del temblor de la vida desnuda de la imagen poética, a punto de realizarse en cualquier cuerpo, en cualquier mirada.

La compilación de Autorretratos que fue expuesta en el Centro Dramático Nacional con motivo del ciclo “El lugar sin límites” ha sido recogida en el volumen Via Lucis publicado por la editorial Continta me tienes publicada en coedición bilingüe español francés con Les Solitaires Intempestif. A la hora de mostrar parte del trabajo gráfico que recoge este volumen para mostrarlo en la sección audiovisual de Transtierros hemos convocado, dado el estrecho vínculo que tiene la autora con la creación poética, a cuatro poetas cuya proximidad y afinidad con la obra de Angélica Liddel es patente y manifiesta.

Así, acompañan la búsqueda poética a través del cuerpo de la creadora española Eva Gallud, Sara Martín, Álvaro Guijarro y Verónica Durán González. Cuatro poetas con una interesante obra, tanto édita como inédita en la actualidad que han tenido la generosidad de prestarnos, de prestarle su palabra a Angélica Liddell.

En Carta de amor a la hermana ausente, Eva Gallud, gran conocedora de la obra de Angélica manifiesta su querencia haciendo un recorrido poético que va más allá de la glosa por gran parte de su producción. Bajo el título de Carta de amor a la hermana ausente, la poeta explora, tomando como punto de partida la fotografía del Via Lucis, comparte la fraternidad de los mitemas de la obra de la dramaturga, imagina en el poema el punto de encuentro de cuerpo en el cuerpo, de la palabra en la palabra: “yo te quise siempre cerca y fría / con la boca azul llena de abejorros”.

En los dos textos que nos propone Sara Martín, es el documento visual el que promueve la cadena poética de su poesía, la nostalgia- el recuerdo- y la observación, la experiencia de lo inmediato, el desencadenamiento de la catástrofe que articula el gesto fantasmal de la fotografía. Sus dos poemas como un movimiento musical que se despliega ante lo que se mira “desde un lugar/ que nadie ocuparía”.


Álvaro Guijarro, por su parte, explora a través de las palabras el enigma que late en la composición de la fotografía. Recorre, a través de sus versos, el espinoso camino que la autora propone: “extremo es el camino para salvarse a tiempo / y las pruebas no siempre nos merecen “.  Así, la vulnerabilidad de Ángelica Liddell, su exposición manifiesta se muestra como un camino que el poeta también comparte: “El dolor es esta aldaba de oro hacia el poder / y la intimidad súbita un espacio muy denso”.

El poema propuesto por Verónica Durán, se centra en la inaccesibilidad de lo humano, como destaca la cita de Kafka perteneciente a Cartas a Milena, coincidiendo a grandes rasgos con los presupuestos estéticos de Liddell, “la escritura es una venganza contra la vida”. Así también dialoga Verónica Durán con la dramaturga en esa tensión entre el amor y la muerte que estructura esta fotografía: “también Amor/ un encaje hasta el pescuezo/ alga verde que amortaja.”

Los autores convocados y yo estamos sumamente agradecidos a la generosa colaboración de la editorial Continta me tienes a la hora de facilitarnos los documentos con los que trabajar para desarrollar el homenaje a la dramaturga española.

Ana Gorría



Angélica Liddell es Premio Nacional de Literatura Dramática por La casa de la fuerza y León de Plata de la Bienal de Venecia en 2013 «por su capacidad de transformar su poesía en un texto que agita el mundo». Nacida en Figueres en 1966, desde niña visita a sus abuelos en Santibáñez el Bajo (Cáceres), «todo lo aprendí viéndoles arar, pisar la uva, meter las manos en el fuego sin quemarse, en cuanto hacían, había una relación directa con las cosas que no he vuelto a experimentar». En 1988, mientras estudia Psicología en Madrid, «un tiempo perdido», escribe su primera obra, era malísima, pero todavía hoy sigo hablando del suicidio. Con su compañía Atra Bilis, fundada en 1993 junto a Sindo Puche, ha estrenado una veintena de creaciones con las que ha obtenido numerosos premios, como el Valle Inclán por «El año de Ricardo» y el de Dramaturgia Innovadora Casa de América por «La pasión anotada de Nubila Wahlheim», ambas editadas por Artezblai. Un crítico la ha calificado de «monstruo escénico y autora de la palabra», y otro la comparó con Artaud y Pasolini. Cuando cumplió 42 años, «ese día me sentí mal, asustada y jodida por el paso del tiempo», se apuntó por primera vez a un gimnasio, «entonces los detestaba, ahora me encantan… mi gimnasio está lleno de actores porno gays, alegres y guapos, que desean amar y ser amados, como todos nosotros, pero para mí es ese lugar donde me reventaba durante cuatro horas seguidas para soportar la ansiedad, para buscar alivio». Y ¿allí empezó «La casa de la fuerza»? «Sí, eran ejercicios de preparación para la soledad.» Entonces, años después, «cuando más hastiada estaba de todo aquello que me rodeaba, apareció China con su modo indescifrable de estar en el mundo. Al final, lo único que cuenta en nuestras vidas cuando cerramos la puerta de nuestra habitación es el mundo afectivo, sentirse amado o no… Cada vez le doy más oportunidad al azar, a lo inexplicable…». ¿Y qué nos cuentas de tu nueva trilogía, «Ciclo de las resurrecciones»? «Pues ahora, acabo de estrenar «Primera carta de san Pablo a los Corintios». Creo que es el inicio de una etapa relacionada con lo sagrado. Quiero devolver el sentido sagrado a aquello que lo cotidiano se ha empeñado en trivializar. Según estas inquietudes, espero montar una Lucrezia («You are my destiny», se titula) el año que viene. Es como si hubiera llegado al límite de algo, al límite de lo confesional, necesito ir al polo opuesto y, tal vez, llegar al silencio.» Semblanza en la editorial Uña rota, responsable de editar la obra teatral de Liddell.







A pesar de la piel que no me deja tocar,
hay una llave que desvelaría sin razón
el enigma de cada metrónomo del bosque,
péndulo animal donde el miedo se escinde
durante el penúltimo gesto de las figuras
y yo me salvo, muerto cualquier escudo,
para considerar el puro silencio físico.

¿Es mía, en algo, esta tierra? Oigo el agua
atravesar los agujeros de las murallas.
Los pañuelos de seda van a estamparse
contra las chimeneas. Entre mis dientes
se deshace el color del mundo, y pesa.
Sólo un cuerpo no basta para alcanzar el mal.
Alguien dice a mi lado su primera palabra.

No sé qué espero de la claridad que persigo
ni si será de sangre la oración en la tundra
ardiente, amor de mi fábula o ebrio puzle
hacia el que se transforman mis años sin edad.
Lo que sé lo conocen los ángeles del sueño.
El dolor es esta aldaba de oro hacia el poder
y la intimidad súbita un espacio muy denso.

He sido devuelta a la belleza del vacío
muchas veces, esparcidora del gran reverso
donde se alza la apariencia de los signos.
¿Escucháis cómo se posa el guante negro
sobre la hierba infinita? ¿Veis el cazo
en cuyo fuego gira la cuchara del guiso?
¿Acaso el erotismo es la niebla de mi espejo?

Extremo es el camino para salvarse a tiempo
y las pruebas no siempre nos merecen.
¿Cuántas veces hemos protegido a los relojes
por temor a que descubran nuestro origen?
Es en la verdad de la mentira donde duerme
el monstruo insurrecto de constante vocación,
forjando el contagio de los esqueletos tiernos.

No esperéis de mí nada cuando parta
más que la consistencia de todos los secretos.
¿Es esto el final? Quiero la suavidad del daño
instructora del abismo en la arcilla que soy.
Sin juramentos que perturben la guerra.
Más allá de los sentidos, en la luz ecoica
donde se desmantela el juicio del primer cetro.

Álvaro Guijarro.





Carta de amor a la hermana ausente

saliste corriendo de la casa de la fiebre
saliste descalza de blanco y coronada de ortigas
miraste atrás solo para escupir
dijiste ya tengo pena suficiente
y yo temí la tala o el incendio
            [No voy a contaros cómo murió mi hermana porque no está muerta]
¿recuerdas aquella vez que me mordiste la lengua
y estuve dos semanas sin hablar?
en el mapa de dolores que metiste en mi bolsillo
la noche antes de perderte entre los robles
había marcadas doscientas cincuenta y seis cruces
¿te acuerdas cuando te encontré debajo de la cama
con sangre propia entre las uñas?
esperé a que volvieras mientras la lluvia
disolvía la tierra golpeaba las piedras acallaba a los pájaros
y ya estaban enfermos todos los caballos
            [No voy a contaros cómo murió mi hermana porque no está muerta]
dejé que te acercaras y me hurgaste dentro
tumbadas blancas y apretadas sobre la greda
mi hermana la de los pies pequeños tan descalza
mi hermana la de las manos espigas tan sagrada
dejé que te acercaras y me hurgaste dentro
¿recuerdas que intenté despertarte mordiéndote en el hombro?
¿recuerdas cómo me dolía el cuerpo de tanto levantarte?
dabas las gracias a las niñas por crecer
pero yo te quise siempre con cintas en el pelo
coronada de serbales asfixiada de hojas
yo te quise siempre cerca y fría
con la boca azul llena de abejorros

Eva Gallud






“No puedo hacerte comprender ni a ti ni a nadie
lo que pasa en mi interior […] Me es imposible vivir
una vida humana entre los hombres”

-Cartas a Milena, Franz Kafka-


MONTAÑOSA

Piedra contra piedra
pardo monte gateas el dolor

la escena crece    mezcla espanto

tu ojo cuervo giracolores
encuentra claves en lo confuso
hembras coleando
la piel sin hilos como eritema
del silencio

también Amor

un encaje hasta el pescuezo
alga verde que amortaja

diablo irrompible
                          patinando la tersura
                                                        de tu fe.

Desvanecido ya del cuerpo  
en verdadera osadía    el espíritu revienta   tenaz
bulbos de gladiolo
en la vagina.

Verónica Duran González







Recuerdo cómo el cuerpo
apoyado en el vacío
de espaldas a la nada
partido en dos
aún quería seguir deseando.
Un sueño descalzo todo lo cubría
otra piel sostenía ese dolor.
Quedaron las ascuas de lo que hubiera sido
sirvieron de abrigo a un amor sucio
qué dulce el sabor de aquel desastre
ver estallar la noche.

Observé cómo
se
abría la carne en ciertas partes y en otras
se
cerraba
dejó de parecer
un cuerpo
de ser algo que
mirar

desde un lugar
que nadie ocuparía
dejaba pasar

los años.

Sara Martin












[1] Ángelica Liddell